miércoles, 5 de febrero de 2014

La humanidad en una encrucijada: ¿la vida o la muerte?

La humanidad en una encrucijada: ¿la vida o la muerte?

El XIII Seminario de Lectura de la Realidad, que tuvo su sesión inaugural el 3 de febrero, profundizará a lo largo de sus diez sesiones  en “La deshumanización: Raíces y Claves para una Nueva Humanización”. Este título quiere sintetizar lo que nos parece que hoy es una opción fundamental para los cristianos, pero también para toda la humanidad: la opción entre la humanización o la deshumanización total de la vida; entre la vida y la muerte.
Se trata de una opción que reaparece en algunos momentos clave de la historia (desde nuestra perspectiva, de la historia de salvación del pueblo de Dios), como recogen citas como las siguientes:

  • “Os he propuesto la vida y la muerte, la bendición y la maldición.  Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia” (Deut 30, 19)
  • “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 13).
  • (….)
  • “No hay distinción más fundamental entre los hombres, psicológica y moralmente, que la que existe entre los que aman la muerte y los que aman la vida, entre los necrófilos y los biófilos” (Erich Fromm)


Hoy sigue siendo necesaria esta opción, porque como dice el Papa Francisco “ … un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de disolución y de muerte; es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede esperarse un futuro mejor” (Evangelii gaudium, 59). Y si no quedara claro lo que hay que rechazar matiza: “Así como el mandamiento de “no matar” pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir “no a una economía de la exclusión y la inequidad”. Esa economía mata”  (Evangelii gaudium, 53)

Pero al tiempo que hacemos esa opción, hemos de desvelar, en nuestra realidad concreta, cuáles son esos mecanismos de muerte. Una pista clara que hemos de seguir es la que nos dejó S. Pablo: “El amor al dinero es la raíz de todos los males” (1 Tim 6, 10). También nos da algunas pistas Luis González-Carvajal Santabárbara en su sugerente libro “El hombre roto por los demonios de la economía. El capitalismo neoliberalismo ante la moral cristiana” en el que señala: “El neoliberalismo ha soltado las ataduras de Belzebú y ahora recorre el mundo entero acompañado de su séquito de demonios: los contratos basura, la corrupción, la especulación… provocando inenarrables sufrimientos a los más débiles… Los demonios de la economía andan sueltos”.


Sirva este pequeño esbozo para diseñar alguno de los contornos en que se va a desarrollar el seminario este curso. Por si fuera poco, recogemos la invitación del Papa: “… aliento a todas las comunidades a una “siempre vigilante capacidad de estudiar los signos de los tiempos”… una responsabilidad grave, ya que algunas realidades del presente, si no son bien resueltas, pueden desencadenar procesos de deshumanización difíciles de revertir más adelante. Es preciso esclarecer aquello que pueda ser un fruto del Reino y también aquello que atenta contra el proyecto de Dios” (Evangelii Gaudium 51). Ahí estamos y a eso os invitamos. 

miércoles, 22 de enero de 2014

Cuidar al hombre y su subsistencia.

Catequesis del Papa Francisco sobre la custodia de la creación  ( 


Hoy quiero centrarme en el tema del medio ambiente (...) Cuando hablamos de medio ambiente, de la creación, mi pensamiento se dirige a las primeras páginas de la Biblia, al libro del Génesis, donde se dice que Dios puso al hombre y a la mujer en la tierra para que la cultiven y la custodien (cf. 2,15). Y me surgen unas preguntas: ¿Qué significa cultivar y custodiar la tierra? ¿Realmente estamos cultivando y custodiando la creación? ¿O la estamos explotando y olvidando?
El verbo "cultivar" me trae a la mente la atención que el agricultor tiene por su tierra, para que dé fruto, y este sea compartido: ¡cuánta atención, pasión y dedicación! Cultivar y custodiar la creación es una indicación de Dios dada no solo al principio de la historia, sino a cada uno de nosotros; es parte de su proyecto; significa hacer crecer el mundo con responsabilidad, transformarlo para que sea un jardín, un lugar habitable para todos.
Benedicto XVI ha recordado en varias ocasiones que la tarea confiada por Dios Creador a nosotros requiere captar el ritmo y la lógica de la creación. Pero a menudo nos dejamos llevar por la soberbia de la dominación, de las posesiones, del manipular, de aprovecharnos; no la "custodiamos", no la respetamos, no la consideramos como un don gratuito que debemos cuidar. Estamos perdiendo la actitud de la admiración, de la contemplación, de la escucha de la creación; y por lo tanto ya no somos capaces de leer lo que Benedicto XVI llama "el ritmo de la historia de amor entre Dios y el hombre". ¿Por qué sucede esto? Porque pensamos y vivimos de una manera horizontal, nos hemos alejado de Dios, no leemos sus signos.
Pero el "cultivar y custodiar" no solo incluye la relación entre nosotros y el medio ambiente, entre el hombre y la creación, tiene que ver también con las relaciones humanas. Los papas han hablado de ecología humana, estrechamente vinculada a la ecología ambiental. Estamos viviendo en una época de crisis; lo vemos en el medio ambiente, pero sobre todo lo vemos en el hombre. La persona humana está en peligro: eso es seguro, la persona humana hoy está en peligro, ¡de allí la urgencia de la ecología humana! Y el peligro es grave porque la causa del problema no es superficial, sino profundo: no es solo una cuestión de economía, sino de ética y de antropología. La Iglesia ha insistido en varias ocasiones; y muchos dicen: sí, es justo, es verdad... pero el sistema sigue como antes, porque lo que domina es la dinámica de una economía y de unas finanzas carentes de ética.
Quien hoy dispone no es el hombre, es el dinero, el dinero, la plata manda. Y Dios nuestro Padre ha dado el encargo de custodiar la tierra, y no el dinero, sino a nosotros: a los hombres y a las mujeres. ¡Nosotros tenemos esta tarea! En cambio a los hombres y a las mujeres se les sacrifica ante los ídolos del lucro y del consumo: es la "cultura de lo descartable". Si se rompe un ordenador es una tragedia, pero la pobreza, los necesitados, los dramas de tantas personas terminan siendo normales. Si una noche de invierno, cerca de la via Ottaviano (en Roma ndr), por ejemplo, una persona muere, eso no es noticia. Si en muchas partes del mundo hay niños que no tienen nada que comer, eso no es noticia, parece normal. ¡No puede ser así! Sin embargo, estas cosas forman parte de la normalidad: que algunas personas sin hogar mueran de frío en la calle, no es una noticia. Por el contrario, una reducción de diez puntos en las bolsas de algunas ciudades, es una tragedia. El que muere no es noticia, ¡pero si se reducen en diez puntos las bolsas es una tragedia! Así es como las personas acaban siendo descartadas, como si fueran residuos.
Esta "cultura de lo descartable" tiende a convertirse en la mentalidad común que nos contagia a todos. La vida humana, la persona ya no se percibe como valor primordial que debe ser respetado y protegido, especialmente si son pobres o discapacitados, si todavía no sirve --como el niño por nacer--, o no sirve más, como los ancianos.
Esta cultura de los residuos nos ha hecho insensibles incluso a los desechos alimentarios, que son aún más desechados, cuando en todas las partes del mundo, por desgracia, muchas personas y familias sufren hambre y desnutrición. En tiempo de nuestros abuelos se ponía mucho cuidado en no tirar nada de los restos de comida. El consumismo nos ha hecho acostumbrarnos a un exceso y desperdicio cotidiano de la comida, a la cual a veces ya no somos capaces de darle el justo valor, que va más allá de simples parámetros económicos. Recordemos, sin embargo, ¡que la comida que se desecha es como si fuese robada de la mesa de los pobres, de los hambrientos! Invito a todos a reflexionar sobre el problema de la pérdida y el desperdicio de los alimentos, para que se identifiquen las vías y los mediosde evitarlo, de manera que enfrentando seriamente este problema,ustedessean vehículo de la solidaridad para compartir con los más necesitados.
Hace unos días, en la fiesta del Corpus Christi, habíamos leído la historia del milagro de los panes: Jesús alimenta a la multitud con cinco panes y dos peces. Y la conclusión del relato: "Comieron todos hasta saciarse y recogieron los pedazos que habían sobrado: doce cestas" (Lc. 9,17). Jesús les pide a sus discípulos que nada se pierda: ¡ningún desperdicio! Este es el hecho de las doce cestas: ¿Por qué doce? ¿Qué significa? Doce es el número de las tribus de Israel, simbólicamente representa a todo el pueblo. Y esto nos dice que cuando la comida se comparte de manera justa, con solidaridad, no se priva a nadie de lo necesario, cada comunidad puede ir al encuentro de los más pobres y necesitados. Ecología humana y ecología ambiental caminan juntos.
Me gustaría que tomemos en serio el compromiso de respetar y proteger la creación, de estar atentos a todas las personas, para contrarrestar la cultura de los desperdicios y descartes, a fin de promover una cultura de la solidaridad y del encuentro.

Artículo tomado de http://www.zenit.org/es/articles/cuidar-al-hombre-y-su-subsistencia

XIII Seminario de Lectura de la Realidad: LA DESHUMANIZACIÓN: Raíces y Claves para una Nueva Humanización


lunes, 25 de marzo de 2013

Economía de la Salvación: fuera de los Pobres no hay Salvación


La cercanía y el compartir con los pobres (desde experiencias diversas en el Tercer Mundo, en acogidas de Cáritas, en la opción por vivir en un barrio obrero, desde el contacto con ancianos en residencias, transeúntes….) descubrimos un rostro nuevo, de los pobres y de la pobreza.
Los pobres nos interpelan. Sin caer en idealismos, descubrimos en la vida los pobres importantes interpelaciones: en su mayor capacidad para compartir, en su mayor apertura, su  mayor “naturalidad” a la hora de afrontar sus problemas (al rico le cuesta más mostrar sus problemas y los oculta, le preocupa más la imagen), su visión el mundo, su sentido de libertad… y nos enseñan que se puede vivir con menos y con más austeridad; que con pocas cosas se puede vivir bien y ser feliz. Nos ayudan a cuestionarnos acerca de nuestro nivel de consumo:¿realmente necesito esto?, ¿de verdad es una necesidad?
Y, sobre todo, nos interpelan a través de la  conciencia de su propia dignidad, por eso, lo que más valoran es que se respete su dignidad, y lo que más les duele es que se les humille en su dignidad, que se les desprecie, ya que quedan reducidos a un don nadie, a gente sobrante.
Por eso, la presencia de los pobres es necesaria en la iglesia y en la sociedad. Pero más aún, es necesario su protagonismo, pues son ellos quienes pueden liberarnos, ya que no solo nos interpelan, sino que los pobres nos hacen cambiar, y nos enseñan algo fundamental y que es el culmen de la salvación: que todo lo que tenemos es pura gracia; que el comienzo de nuestra vida, así como el de nuestra salvación, nos ha sido dado gratis. Y aprendemos con ellos que el principio de esta salvación no es la propiedad, ni el derecho… si no el aprender a recibir, algo que cuesta, porque implica sentirnos necesitados, sentirnos pobres…
Esto es, implica ir a contracorriente de lo que es habitual en nuestra sociedad, donde el ser se confunde con el tener; donde la felicidad se identifica con el consumo… Una sociedad en la que el dinero tiene un gran poder de seducción, y que repite hasta la saciedad: si tienes más será más y podrás ayudar más…; incluso en los ambientes  eclesiales se afirma que con más recursos evangelizaremos mejor, olvidando que se trastoca de manera sustancial la relación con el pobre.  Todas estas promesas del dinero sólo impone una limitación: no criticarás al dios dinero.
Una gran tentación que no es fácil discernir, pues está totalmente incardinada en nuestra vida cotidiana, en la que el dinero invade y contamina casi todo: la promoción humana se interpreta como ganar dinero y como más responsabilidad y más participación; una profesión buena es la que se gana mucho dinero, y no en la que se ejerce como vocación de servicio;… Una vida que permanentemente nos empuja al enriquecimiento y a situarnos al lado de los ricos, alejándonos de los pobres, vistos como fracaso. Esto es, nuestra vida cotidiana está llena de llamadas a hacer alianzas con el dios dinero, un dios que es irreconciliable con el Dios cristiano.
Conviene recordar que cuando falla la seducción, el miedo y la violencia son las otras grandes armas del sistema al servicio del dios dinero. Cuando no te dejas seducir se recurre a hacerte la vida imposible, negándote los derechos, privándote de recursos, incluso de la libertad.
Y no es extraño que el dios dinero y sus apóstoles tengan miedo a la gracia. Pues si descubrimos que lo que tenemos nos es dado, entonces no tiene sentido el derecho a la propiedad privada; el sentido de nuestras vidas será el de ser buenos administradores de todo lo que hemos recibido. Si yo tengo más cualidades, es para ponerlas al servicio de los demás, no para aprovecharme, enriquecerme o trepar a costa de los demás… Tendrá que cuidad de la vida, de la propia y de la de todos, de la naturaleza… Todo lo que tenemos es recibido y lo contrario es vivir en la mentira y el engaño.
Desde esta clave, hacemos una nueva lectura de la realidad actual y, cuando vemos las grandes diferencias, por ejemplo de salarios, de oportunidades… tenemos que concluir que es un robo, a la sociedad, a los demás. San Ambrosio decía que lo que te sobra no te pertenece: “el pan que tú guardas pertenece al hambriento. Los vestidos que tienes en tu cofre, al desnudo. El calzado que se pudre en tu casa, al descalzo. El dinero que atesoras, al necesitado” (San Basilio, Homilía sexta, PG 31, 277). Y esto es así porque Dios ha dispuesto que el progreso humano haga posible en cada época que todo hombre tenga, a partir del trabajo y la naturaleza, lo necesario para una vida digna. Pero el acaparamiento excesivo, lo superfluo, y el dispendio tienen siempre razón de injusticia.
Por eso, tenemos que aprender a prevenir y evitar la enfermedad del rico, consistente en acumular y no compartir lo que se tiene (sea poco o mucho) y por la que los ricos y poderosos se aprovechan de lo que no es suyo; y la forma de lograrlo es asumir como actitud básica el no aferrarse a nada de esta vida.
Y para lograr resistir a esa feroz seducción del dinero sólo hay una solución, la que nos enseña S. Francisco de Asís: dejarse seducir por el crucificado, y aunque no es fácil, podemos seguir el camino que nos enseñó el propio Jesús: ir a los pobres sin superioridad, sin complejo de salvadores… ir a estar, a recibir la fuerza de los pobres, desde el crucificado. Así podremos vencer también nosotros las grandes tentaciones que, a menudo, se esconcen detrás de ese complejo de salvadores y liberadores, que tan peligroso resulta; ya que el proceso es justo al revés, de los pobres recibimos luz y salvación. 

viernes, 11 de enero de 2013

Los pobres en el Antiguo Testamento. Algunas enseñanzas actuales.


En la sesión del 10 de diciembre de 2012 abordamos el tema de la pobreza en el Antiguo Testamento, y en la puesta en común salieron algunas ideas interesantes para tener en cuenta a la hora de afrontar la pobreza actual.
Vimos que el tema cuestiona nuestra propia forma de ver a los pobres, y que nuestra forma de mirar a los pobres no coincide con la de la Biblia. Nosotros tendemos a identificar la pobreza con la carencia económica, con lo cual parece que la respuesta es hacer una colecta y dar limosna.
Es una respuesta, pero es insuficiente. Lo más importante no es lo económico, sino que el pobre es una persona. Y si valoramos sólo lo económico amenazamos su dignidad (que en nuestra sociedad está vinculada al trabajo y al dinero). Sin dignidad, estas personas pobres pierden sus derechos y, al perder estos pierden la justicia. Se les reduce a la caridad. Así se dice a Cáritas, a la iglesia, a las Ongs… vosotros ocuparos de la caridad.
Así descubrimos una línea bíblica que nos muestra que el Dios revelado es incompatible con el dios dinero. Algo totalmente claro desde el Éxodo, y que alcanza su máxima expresión en Jesús: “no podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 13). En esta perspectiva bíblica, la pobreza, encuentra tres líneas de comprensión, que recogen el aspecto social, religioso y misterioso de la pobreza:
  • Como situación económica, social y humana.
  • Como un fenómeno de fe, que surge cuando nos interrogamos acerca de por qué ha surgido la pobreza, y que tiene su expresión paradigmática en una figura: el siervo de Yavé.
  • Como una actitud espiritual. La lucha evangélica contra la pobreza.
En nuestra realidad la pobreza es un tema polémico y conflictivo, pero sobre todo un tema que molesta.  Además se da una paradoja importante: los pobres saben cómo viven los ricos (la televisión, la publicidad…) pero los ricos no saben cómo viven los pobres.
Si miramos la pobreza como la mira Dios nos damos cuenta de que el pobre es imagen viva de Dios, imagen pisoteada, lo que le duele profundamente. La cuestión es cómo podemos traducir este lenguaje bíblico a nuestra realidad actual. Y si logramos hacerlo genera problemas, ya que cuestiona las raíces de la sociedad. Se confirma una vez más que la luz hace daño cuando la miramos con ojos enfermos.
También los pobres cuestionan a la iglesia su realidad, sobre todo porque desenmascaran su moral, su espiritualidad, su propia imagen de Dios. Tenemos un gran reto: recuperar la auténtica imagen de Dios, y mirar la realidad con los ojos de Dios; tenemos que cuestionarnos acerca de cómo vemos el mundo y cómo lo ve Dios. Y, desde esa perspectiva, la pobreza es una forma del misterio del mal.
En el diálogo se habla acerca de que dignidad puede resultar una expresión muy fuerte, sobre todo cuando te encuentras a personas muy deterioradas; se señala que se puede entender la dignidad como derechos, y se razona recordando como desde que el gobierno recortó la asistencia sanitaria a inmigrantes sin papeles, o a jóvenes mayores de 26 años sin trabajo, hay muchas personas que han perdido el derecho, y sólo pueden ser atendidas desde la beneficencia.
Si nos fijamos en nuestra evolución podremos darnos cuenta de que con la Ley de Sanidad desapareció, en gran medida, la beneficencia que hacía que, al no existir un derecho universal, las órdenes religiosas y  otras personas o colectivos que la ejercían, apareciesen como salvadores). Hoy estamos en riesgo de volver a esa situación, porque hemos perdidos derechos en la sanidad, en la justicia… y por eso es muy importante defender los derechos universales.
En la reflexión sobre este tema de la limosna, la ayuda… se aporta como Jesús supo denunciar las actitudes hipócritas, pero fue capaz de ver la moneda de la viuda, que da de lo muy poco, y como el gesto de esta mujer transmite una esperanza muy grande.
También nosotros podemos transmitir esperanza, y podemos hacerlo cuando creemos en la dignidad de las personas.  También en este camino podemos aprender de la lógica divina: cuando Dios quiere decir algo, siempre parte del desierto. Por eso hemos de ser conscientes que la esperanza hoy no vendrá de Bruselas, de Berlín… tampoco vendrá del Vaticano, vendrá del desierto social, vendrá de los pobres.  Además, esta lógica es la única que nos permite vislumbras signos de esperanza para todos, para los pobres y para los ricos.,
Los que en el desierto luchan al lado de los pobres son los que traen buenas noticias; para ellos ha sido como resucitar. Lo mejor que podemos hacer a los ricos es salvarlos desde los pobres. Jesús vino a salvar a todos desde los pobres.
Vemos que estamos bajo el imperio del dinero, y a ese imperio se someten los derechos, y la dignidad de la persona. Por eso el capitalismo está siendo un sistema nefasto, ya que la persona y su dignidad no pintan nada. Pintan el dinero, el poder y el prestigio que otorga. Vales tanto como tienes. Los ricos tampoco pintan nada como personas. Es su dinero lo que cuenta.
La gente que lucha contra los desahucios es un signo, una entrega gratuita. No piden nada, no se presentan a las elecciones… Desde el poder hay que desesperar; será desde la marginación, desde el desierto social, de donde vendrá el nuevo Juan el Bautista, que a lo mejor no es de la Iglesia.
Existe un riesgo de manipular al pobre, y hacerlo más pobres, si le quito la responsabilidad, decido por él, pienso por él, marco sus necesidades…  Si tuviésemos esto en cuenta, y respetásemos la dignidad y responsabilidad del pobre sería una fuerza de transformación impresionante. 

viernes, 9 de noviembre de 2012

Concilio Vaticano II: "Un signo de los tiempos"

Desde el Seminario de Lectura de la Realidad queremos unirnos a la celebración de los cincuenta años del Concilio Vaticano II, dedicando las sesiones de este curso a la lectura y comprensión de sus documentos y a un mayor conocimiento del impulso  que el Espíritu quiso dar a la Iglesia.
Alentados por ese Espíritu, durante este año profundizaremos en El Concilio Vaticano II, un signo de los tiempos.

lunes, 6 de febrero de 2012

CUENTO: Un judío visita la Corte de Roma


Estamos tratando en el Seminario de Lectura de la Realidad la historia de la Iglesia medieval, una época larga época que parece presidida por más sombras que luces. Para ayudarnos a reflexionar sobre el tema, vamos a recordar un cuento que nos ayude a ver el tema desde otro punto de vista. Es el segundo cuento de la primera jornada de El Decamerón. 

 El judio Abraham, animado por Giannotto de Civigni, va a la corte de Roma y, vista la maldad de los clérigos, vuelve a París y se hace cristiano.

Un comerciante de París era amigo de un colega judío, tan bellísima persona que el cristiano sufría al pensar que hombre tan bueno y sabio pudiera condenarse por no confesar la religión verdadera. Así que trató de convencerle, de que abandonase su fe judaica y se hiciese cristiano.
Después de largas conversaciones, Abraham, que así se llamaba el judío, manifestó que antes de tomar una decisión quería ir a Roma y conocer al que llaman nada menos que Vicario de Cristo y observar sus costumbres, junto con las de los cardenales. “Si, además de tus palabras, me convence la conducta de los príncipes de la Iglesia, me haré cristiano”.
Podéis imaginaros el horror del comerciante parisino; en vano habrían sido todas sus prédicas, su amigo permanecería fiel a su fe. “Si va a la corte de Roma y ve la vida impía y depravada de los eclesiásticos, no ya no se hará cristiano, siendo judío, sino que, si cristiano fuese, judío de seguro se tornaría”. Fueron inútiles todas las razones para convencer a Abraham de que no viajase a Roma.
Y tal como se esperaba, entre lo que observó y lo que le contaron en la Ciudad eterna “halló que, del mayor al menor todos allí, generalmente, pecaban con gran deshonestidad en cosas de lujuria, y no solo en la natural, sino en la sodomitica, sin freno alguno de remordimiento o vergüenza, al punto de que sin la mucha influencia de las meretrices y de los efebos no se podía conseguir nunca nada. Además observo que eran comilones, ebrios, servidores de su vientre, como animales irracionales. Y tan avaros y ansiosos de dinero los vio, que tanto la sangre humana, incluso la cristiana, como las cosas divinas y todo lo relacionado con los beneficios y sacrificios, vendían y compraban por dinero”.
Después de esta experiencia, Abraham volvió a Paris y le comunicó a su amigo su decisión de bautizarse: Ante la natural sorpresa de su amigo, le confesó que si bien es cierto que no había encontrado más que lujuria, avaricia y gula: hasta el punto de tener a Roma “más por una sede de obras diabólicas que divinas”, el hecho de que, pese a los esfuerzos en contra de la cúspide eclesiástica, se pudiese encontrar siempre y en todo lugar a buenos cristianos, tal como su amigo, era prueba patente de que la Iglesia de Cristo contaba con el amparo del Espíritu Santo.

Algunos corolarios:
  • Que, con la catadura moral de la Iglesia, en su historia, y en algunos muy graves hechos del presente, parece que el milagro que atestigua su protección divina es que haya sobrevivido 2.000 años.
  •  Que aun en los tiempos de mayor degeneración de la Iglesia -y es difícil atreverse a decir cuando han sido los peores, durante el cisma de Avignon, la corte renacentista de Alejandro VI, etc.- siempre han existido buenos cristianos.
  •  Los cristianos cristianos, tanto en la cristiandad, como luego en las llamadas sociedades cristianas, han sido siempre una minoría insignificante, y lo siguen siendo en las sociedades secularizadas, aunque ahora, sin detentar poder, puede ser que sean algunos más y sobre todo mejores.