viernes, 18 de noviembre de 2011

MUNDO AL REVÉS Y SABIDURÍA DE DIOS


Constatamos, cada día más, como esta crisis está generando gran número de pobres y excluidos. Esto nos plantea un gran interrogante: ¿cómo anunciarles la buena nueva de que realmente son hijos de Dios, y que todos somos hermanos? Sin duda, llevar adelante hoy este anuncia requiere de un gran cambio.
Aquí es donde se ubica el planteamiento del seminario para este curso: hacia qué modelo de cristiano y de iglesia hemos de caminar?, y ello sin olvidar qué de forma estrechamente vinculada e inseparable hemos de plantearnos otra cuestión: ¿qué tipo de persona y de sociedad hemos de construir?
Avanzar en esa búsqueda requiere de nosotros una actitud básica: aprender a escuchar. Es fundamental desarrollar nuestra capacidad de escucha pues estamos convencidos de que en esta realidad, por compleja y confusa que nos resulte, Dios está presente y nos está diciendo algo. Capacidad de escuchar, pues, que se concreta en:
·         Escuchar a Dios en su Palabra, en clima orante.
·         Escuchar a los hombres y mujeres actuales, en su realidad y en sus problemas concretos.
Recordando a Albert Nolan (Jesús, hoy. Una espiritualidad de libertad radical) podemos señalar que el actual modelo de persona y sociedad están construidos al revés, y eso hace que las grandes columnas y convencimientos que los sostenían se estén tambaleando y derrumbando. Nuestra tarea, por tanto, en continuidad con la de Jesús de Nazaret, es poner el mundo al derecho; liberarlo de todas esas distorsiones y engaños del ego: orgullo, envidia, celos, egocentrismo, arrogancia, falta de amor y aislamiento de otros seres humanos como individuos y como grupos,…  y del que Jesús habló como mundo de Dios, como reino o familia de Dios naciente.
Hoy, como antaño, siguen siendo el interés (egoísmo) personal lo que mantiene la economía en funcionamiento y motiva a las personas para realizar grandes cosas. Pero para Jesús éste no es éste el mundo real, sino que es un mundo al revés que debe ser puesto al derecho. A muchos de sus contemporáneos les parecería que el mundo real que Jesús había descubierto era poco práctico, absurdo y falto de la aprobación por parte de la autoridad legítima. Pablo lo describe como la sabiduría paradójica de Dios: “Los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los gentiles... Pues la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana” (1 Co 1,22-23.25). Jesús irrumpió en escena en la Palestina de aquel tiempo con una nueva conciencia, con una sabiduría que las Escrituras llamarían “la sabiduría de Dios”.
Hoy bien podríamos decir que esa sabiduría de Dios nos sigue diciendo que, frente al poder, hemos de cultivar el servicio; frente a la riqueza hemos de vivir y proponer la pobreza evangélica y, frente a ese culto de la propia imagen que podríamos llamar aires de exhibicionismo y grandeza, el cultivo de la humildad evangélica. Aquí encontramos la sabiduría de Dios para poner el mundo al derecho.
La falta de valentía en la denuncia de ese mundo al revés, y en el anuncio de un mundo al derecho desde la sabiduría de Dios es una de las causas principales por las que la Iglesia padece una crisis de credibilidad, y por la que los pobres, hijos predilectos de Dios, están alejados.

viernes, 24 de junio de 2011

Reflexionar la realidad con: JOSÉ LUIS SAMPEDRO

 SE ROMPE EL SACO

Sin duda alguna la cuestión palpitante ahora en nuestro mundo es la crisis. En los hogares y en las empresas se sufren las consecuencias; en los parlamentos, en los medios y en las tertulias se analizan sus efectos y, sobre todo, sus causas. Pero la explicación clara y definitiva nos la ofrece la sabiduría tradicional: LA AVARICIA ROMPE EL SACO. Pese a no ser sinónimos, hoy la palabra “codicia” se asocia inevitablemente con la palabra “crisis”.

La crisis, por supuesto, es la financiera. Hay otras, algunas tan graves como la alimentaria o la climática, pero la financiera las eclipsa. Prueba de ello es la conferencia mundial de la FAO: no consiguió reunir ni siquiera veinte mil millones para aplacar el hambre de los países pobres mientras que para enmendar los disparates y estafas de la gente rica han salido cientos de miles de millones (y todavía siguen saliendo) de los paraísos fiscales, las cajas secretas, las hábiles contabilidades y otros ardides de la ingeniería financiera. Los banqueros aparecen como “los malos de la película”, pero se olvida que no operan en el vacío sino dentro de un sistema y en estrecha interdependencia con él, lo mismo que el corazón en el cuerpo humano. Los banqueros se han excedido, sin poder evitarlo, porque el sistema es codicioso por naturaleza. Esta crisis no es una enfermedad en un cuerpo sano y robusto, sino al revés: toda la estructura de ese cuerpo social está desquiciada. La crisis no es una fiebre juvenil sino una deficiencia senil.

No es que el capitalismo sea malo sino que está agotado y se revela incapaz ante un mundo diferente del que le hizo nacer. En sus comienzos, hace cinco siglos, su codicia radical le impulsó a descubrir océanos, colonizar continentes, alentar un humanismo frente a oscuridades teológicas, sembrar ideas con la imprenta y fomentar el pensamiento y la riqueza: el sistema de vida occidental se hizo con el dominio del mundo. Pero esa misma codicia ha socavado la prosperidad con su exageración permanente, convirtiéndose hoy en la avaricia del anciano que se abraza a su bolsa llena con temor de perderla pero todavía ansioso de aumentar el botín.

La codicia siempre exagerada y el capitalismo insaciable carecen del sentido del límite. En la antigua Grecia respetaban a una diosa, Némesis, guardiana de los límites y perseguidora de sus transgresores. Otras culturas han ensalzado la serenidad y el equilibrio, la vida tranquila o la armonía con la Naturaleza, pero la codicia capitalista no está satisfecha y llama progreso al aumento constante de bienes y productos. La población mundial se ha triplicado a lo largo del siglo XX, sin que los recursos naturales hayan podido crecer lo mismo. Diversos estudios, que coinciden en lo esencial, muestran que desde fines del pasado siglo la regeneración de los productos naturales de la Tierra ya no restituye el consumo. Se piensa más o menos que sólo para dar a toda la población el nivel de vida de España haría falta tres planetas como el nuestro.

La palabra CODICIA tiene una acepción taurina que alude al ímpetu con el que embisten algunos toros y, ese significado es aplicable al capitalismo, que es esencialmente predatorio, sin respeto a la naturaleza ni tampoco a las personas. Desde que en sus orígenes el hombre se erigió en el Rey de la Creación, ha explotado sin reserva los recursos del planeta. Todavía en los primeros tiempos el famoso médico y filósofo, Paracelso insistía en que a la naturaleza se la vence obedeciéndola, pero esa precaución pronto quedó olvidada, en contraste con otras culturas, que consideran sagrados un árbol o una fuente. Ni siquiera se respeta siempre al prójimo, se violan los derechos humanos a pesar de proclamarlos. Con la globalización el dinero, valor supremo del sistema, circula sin barreras, mientras el movimiento de las personas se restringe con métodos tan anacrónicos como erigir vallas y muros.
Ante tanta prosperidad en las grandes urbes de los países desarrollados muchos se resisten a admitir la decadencia de tal poderío. Olvidan con eso la experiencia histórica de todos los grandes imperios. Desde Asiria y Babilonia hasta nuestros días, tuvieron su decadencia y ocaso. Fenómeno descrito magistralmente hace ya seis siglos por Aben Jaldún, un musulmán cordobés autor de una historia de los bereberes. Otro andaluz, el poeta Rodrigo Caro, acuñó ante las ruinas romanas de Italica estos hermosos versos “Las torres que desprecio al aire fueron/a su gran pesadumbre se rindieron.”

El capitalismo se rinde ya a su codicia. Hace cinco siglos Europa era una explosión de afanes en aventuras creadoras. Las gentes se embarcaban en frágiles navíos y cruzaban océanos para llegar a tierras ignotas; los mercados prosperaban en las ciudades, las universidades se multiplicaban y la imprenta sembraba ideas nuevas y audaces. Aquel espíritu de aventura se ha convertido hoy en un afán de seguridad y en un repliegue a refugios protectores sacrificándose las libertades a una supuesta seguridad. Occidente vive ahora en el miedo y hasta los ciudadanos del país más poderoso de la tierra viven en constante temor, soportando controles y restricciones.

También Roma, dominadora del mundo de su tiempo acabó desmoronándose y cayendo en un estado de barbarie y desorden. No estamos muy lejos de una situación semejante, porque la barbarie consiste en la destrucción de los valores básicos de una cultura y eso precisamente está ocurriendo en nuestro tiempo. Asistimos a violaciones de la Justicia y los Derechos Humanos, ataques a la libertad, simulaciones de democracia, deconstrucciones de la familia y hasta las mismas religiones y sus iglesias tienen sus crisis. Pero, imperturbable, la codicia continúa.

¿Caerán en saco roto estas observaciones? Es de temer que sí, como la de tantos otros, pues no soy el único en formularlas. Ya lo dijeron los clásicos: “los dioses ciegan a aquellos a quienes quieren perder”, pero lo vean o no, la codicia está rompiendo el saco.

domingo, 17 de abril de 2011

SIN CONTEMPLACIONES

En la pasión del Señor se pueden discernir varias procesiones que salen del Pretorio con Jesús y lo siguen hasta el lugar del Calvario.
Hay una procesión, más bien vergonzante, que hacen los discípulos de Jesús. No se les ve, porque tienen miedo y se han escondido. Pero están en el recorrido, porque quieren a su Maestro y sufren por él, creían en el Maestro y ahora dudan de él.
Ha salido también la que hacen las mujeres del entorno de Jesús. Tal vez ellas decidían con más cariño que miedo, tal vez ellas tenían menos razones para temer, tal vez… tal vez es que todo lo puede el corazón de una Madre.
A la misma hora salieron, como quien va a su trabajo, los que habían de ejecutar la sentencia: un centurión, unos soldados, gente que la tradición recuerda más dispuesta a la burla que a la piedad.
En aquella mañana, el cortejo más numeroso era el de los curiosos.
Pero el más tenebroso era sin duda el de los vencedores, el de los autosuficientes, el de la crueldad y el sarcasmo.
Todos se habían movido con el Nazareno. Todos habían salido por el Nazareno. Todo era normal alrededor de aquel hombre que iba camino de la muerte: miedos y cariño, esperanzas y dudas, curiosidad, burlas y sarcasmos.
Todo en aquella mañana era viejo como la humanidad, todo era lo de siempre, todo… menos el amor de Jesús, menos la compasión de la víctima, menos el perdón que el crucificado reclama de Dios para quienes lo crucifican.
En la próxima Semana Santa cada uno habrá de escoger el cortejo con el que va a caminar. Para ti, que te dices de Cristo –cristiano-, sólo cabe escoger la novedad de su amor: ¡Sin contemplaciones!
Fr. Santiago Agrelo, Arzobispo de Tánger, con motivo del Dom V de Cuaresma

EDUCAR LA MIRADA

martes, 22 de marzo de 2011

¿HAY ALGUNA GUERRA JUSTA?


La intervención militar en Libia despierta sentimientos encontrados. Por una parte, parece que la defensa de un pueblo masacrado es una razón que puede justificarla, por otra, las sospechas y recelos los tenemos a flor de pié: occidente vende armas a los países, luego les declara la guerra con un armamento superior y, finalmente, también hace negocio con la reconstrucción de los países destruidos. Tampoco se nos va de la cabeza que, otra vez más, un líder promovido, halagado y apoyado por las principales potencias, vuelve a ser considerado enemigo.
Y, aún hay otra sospecha más profunda. En razón de que se considera que unas poblaciones machacadas y masacradas por sus gobiernos merecen ser defendidas, y otras no.  

Todas estas dudas me llevan a rescatar una reflexión de hace unos cuantos años de Félix Felipe, con el mismo título que el de esta entrada, y que abre perspectivas para la reflexión:  

Los medios de comunicación nos han bombardeado con la amenaza de guerra justificada. Pero, ¿hay alguna guerra justa? Creo que, no, y hago mío el punto de vista de Erasmo, que, aunque aceptó la moral tradicional de la guerra justa como legítima defensa, revisó las guerras europeas y las condenó como incompatibles con las exigencias de la guerra justa. Pues en las guerras, ¿quienes salen ganando? y ¿quienes salen siempre perdiendo y mueren?

El principio de la legítima defensa ha dejado de ser moral y se ha convertido en razón política, económica y militar. Las guerras las declaran unos pocos elitistas y afirman que tienen razón y es justo lo que hacen, pero en realidad lo que triunfa no es la justicia, sino la ambición y la fuerza, ni la victoria se ha otorgado al que tenía la razón, sino al que poseía más poder. Y en la actualidad, ¿a quién se le da la razón? ¿al poderoso o a los pueblos empobrecidos, que mueren de hambre?, lo cual, según el Concilio, es un verdadero asesinato: “Alimenta al que muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo matas” ¿Para estos asesinatos no hay justicia, ni derecho a la legítima defensa? A éstos, ¿quienes les defienden?

Por eso, la guerra justa se ha de superar por la categoría “pacificación justa”, entendida como desarrollo social igualitario de los ciudadanos y de los pueblos; una paz que se asocia con la verdad y la justicia para con los pobres”.

Sin duda, esta pacificación justa es una clave que hemos de tener muy presente, ya que si sólo me planteo que puedo hacer para combatir esta o aquella guerra, mi respuesta será que apenas nada. Ahora bien, si mi clave es que puedo hacer yo para un pacificación justa, empezando por hacer las paces conmigo mismo, pacificando las relaciones de mi entrono,... sin perder de vista la justicia, seguro que encuentro perspectivas y compromisos para un nuevo compromiso a favor de la paz.

viernes, 18 de febrero de 2011

Libres para decir la verdad

Pulsando sobre la imagen podrías acceder a un discurso de Cantinflas que, a pesar e los años, mantiene total actualidad.
Destaco sólo una cosa: la necesidad de ser personas libres para decir la verdad; y ser libres implica renunciar a la esclavitud / privilegios de los cargos, etc...  Que l disfrutéis.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Amor y erradicación del mal

A raíz del diálogo en la anterior sesión del seminario, sobre hasta dónde llega el pacifismo, dónde está el límite de la mansedumbre que señala la bienaventuranza, Félix Felipe nos hace llegar el siguiente texto que sin duda aporta nuevos argumentos. Como decía el Padre Häring: "lo importante es dar buenas razones con mansedumbre"

El amor a los enemigos en la realidad compleja de nuestro mundo es también complejo; ha de integrar y armonizar amor y erradicación del mal. El amor a los enemigos de ninguna manera implica que uno encuentre menos aborrecible el mal. La existencia y la seriedad del mal es la verdadera razón de que haya enemigos, y este mal, que es la fuente de la enemistad, es detestado en razón al amor a los enemigos. El odio no se dirige a las personas, sino a las obras, aunque, dada la compenetración entre persona y obras, también afecta a las personas. Si uno es insensible o cierra los ojos al mal real en el mundo, en su enemigo y en sí mismo, entonces no comprenderá como amar a los enemigos, al no comprender la razón de la enemistad. El amor auténtico consiste en detestar el mal y adherirse al bien (Rom. 12, 9). Por eso, se ama al enemigo, pero se detesta y se combate la injusticia, se lucha por cambiar y sustituir la sociedad injusta por una sociedad justa, la opresión por la libertad, el egoísmo por el amor, la muerte por la vida. El amor al enemigo no oculta ni olvida la violencia cometida contra las víctimas y tratará de erradicar las condiciones, las estructuras y los procesos, que permiten y promueven la violencia. No es posible el amor sin justicia y sin la verdad.

Hay que amar al pecador, pero el pecado hay que erradicarlo y esto de alguna manera es un ataque al pecador. La liberación de la opresión implica la destrucción del opresor en cuanto opresor, y esto es una tarea difícil y delicada, pero no puede ser abandonada por amor a los oprimidos. Por amor hay que acoger al pecador, perdonarle, pero dicho amor implica también estar dispuesto a imposibilitarle sus frutos deshumanizantes para los otros y para sí mismo. El amor a los enemigos no significa que no se tengan, ni significa que se niegue que son enemigos, ni quiere decir que se eviten conflictos, ni que no debamos entrar en confrontación con ellos, puede ser que tales hechos sean el único camino eficaz para combatir las situaciones, para derribar a los ídolos de la muerte de sus tronos. Los que mantienen una situación generadora de sufrimiento injusto, de asesinato, son enemigos de todos. Por eso, la única forma de amar a todos, incluidos a los enemigos, es comprometerse en la lucha para derribar el sistema que crea enemigos. Éste parece que fue el talante de Jesús: ama a los oprimidos estando con ellos, y ama a los opresores estando contra ellos. De esta forma Jesús es para todos.